Una nueva vida, por favor...

Cada noche ella repetía el mismo ritual. Abría las cortinas y se vestía sólo de luz de luna. Extendida sobre la cama, frotaba las sábanas con los pies y encendía la radio con un suave suspiro de anticipación. A los sones de la sintonía del programa, del dulce vaivén del Adagio de Albinoni, la oscura habitación se iluminaba con la voz, profunda y bien timbrada, del locutor de madrugada. Desgranaba palabras de amor y declamaba manoseados poemas entre melodías antiguas, mientras ella se dejaba inundar por aromas intensamente masculinos. Notas de cedro, menta y canela ascendían por su piel. Respiraba esencias, mientras la voz le susurraba junto al lóbulo de la oreja y descendía húmeda por su garganta. Se detenía entre sus pechos, con un delicado toque, se deslizaba por el vientre, en una breve parada, hasta el centro de sus muslos. Todo su cuerpo vibraba sin control. Sus manos, sus labios, sus caderas, su deseo, su lógica y su razón se convertían en cuerdas de guitarra a los sones de aquella voz que sonaba exclusivamente para ella. Era suya y era única en esas horas. El amanecer le devolvería después su vida anodina e invisible.
Hasta que no fue suficiente. Quiso más. Esperó paciente bajo la lluvia y, a la salida de la emisora, lo vio aparecer, alto y desgarbado, sonriendo con descaro, mientras rodeaba con su brazo la cintura de una adolescente que soltaba risitas nerviosas, orgullosa de su suerte, sin percatarse de que para él era poco más que un trofeo de una noche. Otras seguían sus pasos a corta distancia, reclamando su atención, dispuestas a ser las siguientes en la lista. 
Ella le observaba completamente inmóvil, humillada, desde el vacío que se había abierto hueco en su mente. “Ingenua, estúpida”, clamaba con un grito ahogado. Ascendía el odio en oleadas desde los pies a la cabeza. En un instante, el amor intenso se tornó en odio profundo. Para sobrevivir, supo que odiarle dolería menos que amarle. Con mano temblorosa, rebuscó en el bolso el estuche de manicura, aferró las pequeñas y afiladas tijeras, y pensó en clavárselas en la garganta, en hundir el filo entre sus cuerdas vocales. Dio un paso hacia adelante… Un hilo de cordura detuvo su deseo de acabar con aquel que había matado la fantasía de una voz, el impulso de su vida. Porque era de todas, porque no era suya, porque no era única. Porque no era nada. 
Vagó sin rumbo hasta que salió el sol. ¿A dónde ir sin objetivo? Se sentó en la terraza de una cafetería solitaria a contemplar el febril despertar de todos los que conocían su destino cada día. De repente, sonó una voz con notas de mandarina, gotas de limón y sándalo, enmarcada por una sonrisa acogedora.
- Buenos días. ¿Qué desea, señorita?
- Un café y una nueva vida, por favor…
Cada noche ella repetía el mismo ritual. Abría las cortinas y se vestía sólo de luz de luna. Extendida sobre la cama, frotaba las sábanas con los pies y encendía la radio con un suave suspiro de anticipación. A los sones de la sintonía del programa, del dulce vaivén del Adagio de Albinoni, la oscura habitación se iluminaba con la voz, profunda y bien timbrada, del locutor de madrugada. Desgranaba palabras de amor y declamaba manoseados poemas entre melodías antiguas, mientras ella se dejaba inundar por aromas intensamente masculinos. Notas de cedro, menta y canela ascendían por su piel. Respiraba esencias, mientras la voz le susurraba junto al lóbulo de la oreja y descendía húmeda por su garganta. Se detenía entre sus pechos, con un delicado toque, se deslizaba por el vientre, en una breve parada, hasta el centro de sus muslos. Todo su cuerpo vibraba sin control. Sus manos, sus labios, sus caderas, su deseo, su lógica y su razón se convertían en cuerdas de guitarra a los sones de aquella voz que sonaba exclusivamente para ella. Era suya y era única en esas horas. El amanecer le devolvería después su vida anodina e invisible.
Hasta que no fue suficiente. Quiso más. Esperó paciente bajo la lluvia y, a la salida de la emisora, lo vio aparecer, alto y desgarbado, sonriendo con descaro, mientras rodeaba con su brazo la cintura de una adolescente que soltaba risitas nerviosas, orgullosa de su suerte, sin percatarse de que para él era poco más que un trofeo de una noche. Otras seguían sus pasos a corta distancia, reclamando su atención, dispuestas a ser las siguientes en la lista.
Ella le observaba completamente inmóvil, humillada, desde el vacío que se había abierto hueco en su mente. “Ingenua, estúpida”, clamaba con un grito ahogado. Ascendía el odio en oleadas desde los pies a la cabeza. En un instante, el amor intenso se tornó en odio profundo. Para sobrevivir, supo que odiarle dolería menos que amarle. Con mano temblorosa, rebuscó en el bolso el estuche de manicura, aferró las pequeñas y afiladas tijeras, y pensó en clavárselas en la garganta, en hundir el filo entre sus cuerdas vocales. Dio un paso hacia adelante… Un hilo de cordura detuvo su deseo de acabar con aquel que había matado la fantasía de una voz, el impulso de su vida. Porque era de todas, porque no era suya, porque no era única. Porque no era nada. 
Vagó sin rumbo hasta que salió el sol. ¿A dónde ir sin objetivo? Se sentó en la terraza de una cafetería solitaria a contemplar el febril despertar de todos los que conocían su destino cada día. De repente, sonó una voz con notas de mandarina, gotas de limón y sándalo, enmarcada por una sonrisa acogedora.
- Buenos días. ¿Qué desea, señorita?
- Un café y una nueva vida, por favor…

Fuente: marabc.tumblr.com

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