Balada a la luna. 2.




Heine, Laforgue, Verlaine...-
Luna de mi corazón,
niña blanca, si has nacido en
el Japón,

baja a mis labios tu cara
de flor de almendro, pues eso
lo necesito yo para
darte un beso.

Háblame tú con tu voz
de musmé fresca y gentil,
luna de nardo, de arroz
y marfil!

Y si fueres por tu cuna
noble y plácida princesa,
cásate conmigo, luna
japonesa!

Estás desnuda, o te endiosa
un velo blanco de tul?
Y tu carne, luna, es rosa
o es azul?

Eres pagana, o qué eres?
Di, qué has oído, qué has visto?
También turbó tus placeres
Jesucristo?

Va algún alma eterna en ti
a los parques de la cita?
Y tu hermana Ofelia? Di,
Margarita...

Te has muerto acaso? Estás yerta?
Se enredó un nombre a tu boca?
Di, luna mía, estás muerta,
o estás loca?

Tú, que entre la noche bruna,
en una torre amari-
lla, eres como un punto, oh, luna!
sobre una i;

tú, ladrada de los perros,
lámpara azul del amor,
tú, que dorabas los cerros
al pastor;

tú, Selene, tú, Diana,
urna de melancolía,
que te vaciarás mañana
sobre el día;

deja en mi frente tu estela,
o, como una mariposa,
desde tu magnolia, vuela
a mi rosa!

Luna, desde mi balcón
de florecidos cristales,
te mando este corazón
de rosales!

Sé mi novia, soberana
ciega, romántica muda,
tú que eres triste, liviana
y desnuda!

Emperatriz de jazmines,
bella sin años contados,
alma sin cuerpo, en jardines
estrellados!

Oh, rosa de plata! Oh, luna!
Aldea blanca y en calma,
sé el hogar y la fortuna
de mi alma! 

Juan Ramón Jiménez.
Las hojas verdes (1909) 

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